Tras el disparo de 460 cohetes y morteros en algo más de un día desde la Franja de Gaza hacia comunidades civiles en el sur de Israel-a los que Israel respondió atacando 160 blancos de Hamas y Jihad Islámico en Gaza- es inevitable la sensación inmediata de alivio al anunciarse un alto el fuego.
Quien conoce de cerca la situación en la que viven desde hace años (17 para ser exactos) los habitantes del sur de Israel, bajo la amenaza constante de los terroristas de Hamas que gobiernan Gaza, sabe de la angustia siempre latente, de la sensación de impotencia cuando cada pocos minutos hay que correr al refugio al sonar la alarma. En las comunidades más cercanas a la frontera con Gaza tienen, en el mejor de los casos, 15 segundos para resguardarse. Pero a veces el proyectil estalla antes de que haya sonado la sirena de advertencia. Fallas técnicas que pueden ocurrir.
Cuando llega pues un anuncio indicando que «mañana se vuelve a la rutina», que se reabren las escuelas y liceos, que los agricultores pueden volver al campo y que la gente puede estar a la intemperie no necesariamente pegada a un refugio, claro que el ciudadano promedio siente que puede respirar.
Pero ahora, martes de noche en Israel, al haberse confirmado que por pedido y presión de Egipto sobre ambas partes ha entrado en vigencia un alto el fuego, tras el alivio inmediato viene también la preocupación. Y el enojo. En algunos casos la furia, como la expresada hace pocas horas por manifestantes del sur de Israel-por ejemplo en la ciudad de Sderot- que salieron a protestar y a criticar al gobierno por haber aceptado el alto el fuego.
No porque quieran guerra. Todo lo contrario. Quieren vivir en paz. A largo plazo. No solamente tener unas semanas o quizás, con suerte, meses de calma. Quieren vivir siempre en calma y no a merced de los antojos de ataques de Hamas. No quieren alarmas, cohetes, globos incendiarios ni ataques a su frontera. Y comprenden que en esta última vuelta, Hamas decidió cuándo y cuánto disparar y también determinó de hecho cuándo se termina todo. Y saben que eso, es una receta segura para una próxima vuelta. Por eso mucha gente en el sur, que aguanta desde hace 17 años una situación que ningún país normal soportaría ni por una semana, esperaba que esta vez fuera diferente, que el gobierno ordenara a las Fuerzas de Defensa de Israel asestar a Hamas un golpe del que no se pueda recuperar.
Pero esta vuelta termina con la sensación de que fue más de lo mismo, ataques que no le duelen lo suficiente a Hamas y por ende no tienen efecto disuasivo ninguno.
Aquí nadie duda que la próxima vuelta es sólo cuestión de tiempo. Pero si Hamas emerge del último día y medio de enfrentamientos con la sensación de haber salido victorioso al haber logrado lanzar 460 cohetes hacia Israel sin sufrir serios daños, eso lo envalentona. La mentalidad terrorista nunca le permitirá decir «Israel transa para dar chance a una tregua, para que todos vivamos tranquilos». Es imposible. Su mentalidad, interpreta la actitud israelí como señal de debilidad. Y eso, al vivir con terroristas de vecinos, siempre es un peligro.
Esto nos hace acordar una entrevista que realizamos en julio del 2005 en su casa en Gaza a uno de los jefes de Hamas, Mahmud al-Zahar, uno de los exponentes de su línea más dura. Lo sigue siendo. Un mes después de ese encuentro, Israel se retiró de la Franja de Gaza. «Ahora que Israel se va de Gaza»- le preguntamos-«¿qué planes tienen?». Nosotros pensábamos en el desarrollo de Gaza, en el esfuerzo por convertirla-como se había dicho alguna vez-en Singapur. «Nuestro plan es perseguir a los israelíes donde estén», respondió Al Zahar. «Se van porque nosotros los echamos, así que hay que seguir golpeándolos».
Claro que los ataques de Hamas había influido, pero Israel se retiraba de Gaza también para dar una chance a una nueva era. Pero para el jefe terrorista, la interpretación no podía ser esa. Para él, lo que contaba no era Gaza, sino el deseo de «seguir persiguiendo» a Israel, aunque sus tropas se retiraban absolutamente de la Franja de Gaza.
Al terminar otra vuelta de escalada sin asestar a Hamas un golpe por el que se arrepienta de todos los cohetes lanzados-y piense mejor la próxima antes de disparar-, es lógico que la población salga a protestar. También es lógico que la oposición recuerde al gobierno que la solución debe pasar por una coordinación negociada con la Autoridad Palestina del Presidente Abbas en Ramallah, duro adversario de Hamas. Pero el gobierno no tiene una política clara al respecto, evidentemente no quiere tratar este tema con Abbas, en parte por el precio político que eso significaría y en parte porque tampoco en él confía.
Uno podría preguntarse, al saber que absolutamente todos los servicios de seguridad recomendaron al gobierno aceptar el alto el fuego y tratar de evitar una agudización de la escalada, si acaso ellos no son conscientes de la problemática aquí planteada. De más está decir, que la conocen mejor que cualquier analista. ¿Y entonces?¿Qué pasa?¿ No entienden que el precio de la calma ahora podría ser una violencia mucho peor en el futuro?
Cabe suponer que la renuencia a ampliar el operativo y arriesgarse a una guerra generalizada, pasar por la comprensión de que para terminar del todo con Hamas, se necesita un choque de tal envergadura, que sería altísimo el precio a pagar. En vidas de soldados israelíes, quizás de civiles, y también de palestinos. Israel no se apresura nunca a ello. Militarmente, claro que tiene el poderío para hacerlo. Pero una democracia tiene consideraciones que para los terroristas no existen. Una democracia trata de manejar el conflicto de modo que pueda minimizar las víctimas. Claro que con esto, quizás se abre ya el camino hacia el próximo estallido. Mientras Gaza siga gobernada por terroristas, esto es sólo cuestión de tiempo.
La población del sur lo sabe. Por eso ha salido a manifestar.
Alto el fuego Israel-Hamas: entre alivio y preocupación
14/Nov/2018
Uypress- por Ana Jerozolimski